sábado, 3 de noviembre de 2012

Diálogos en el camarín - Candelaria Herrera


Una tarde muy calurosa resultó ser la de aquel viernes de septiembre. La película está programada recién para las veinte horas, y siendo las siete y media, reina en la antesala todavía un murmullo leve: de a poco se van acercando los interesados, expectantes, un poco tímidos frente a la presencia del escritor. Laiseca, por su parte, está sentado en una esquina del bar, tomando una “coca-cola”, con una expresión de impasibilidad en el rostro, como si esta especie de ceremonia previa lo aburriera. Sin embargo no es el mismo Laiseca que veíamos en la tele, relatándonos algún cuento de Poe, bajo la nimia luz que enfocaba su rostro, envuelto en una nube de humo. Por el contrario, este otro Laiseca, el de “en vivo y en directo”, evidencia ya varios signos de senilidad, mezclados con un rictus cansino que domina su rostro.

- Dale, dale, vayan ahora a hacerle la entrevista a Alberto porque está un poco cansado y quizás después de la proyección de la película no tenga mucho más tiempo. Pero traten de que sea corto che, no se copen tanto- nos dice Juan, uno de los encargados de organizar este encuentro entre literatura y cine que propone “Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo”.

Sin más rodeos, entonces, nos acercamos a la mesa donde está Laiseca y comenzamos con la entrevista. Un poco rígida, valga la aclaración: el viejo no está para que lo vuelteen, pareciera que en todo momento buscara llevar el hilo de la conversación. Es bicho, Laiseca, tiene la habilidad de eludir aquellas preguntas que se ve que no tiene el más mínimo interés en responder. Todo esto, enmarcado en un ambiente de barullo constante, proveniente de la calle y de las charlas de los nuevos espectadores que van asomándose a la antesala. Una atmósfera muy peculiar, sin dudas.

A pesar de un cierto tono pesimista en su mensaje, en relación al tema que abordáramos sobre la función de la literatura  y el rol que cumple el intelectual-escritor en este caso-como agente motorizador del cambio social (ya que, según su visión, en la actualidad muy poca gente lee y por lo tanto, la figura del escritor está bastante desvalorizada),  Alberto Laiseca nos deja entrever un costado, si se quiere, de cierto optimismo. Desde hace veinte años aproximadamente, trabaja en talleres que fomentan la lectura y escritura en los jóvenes: a través de este espacio, el escritor intenta construir un bastión desde el cual las nuevas generaciones se acerquen al mundo de la literatura.

Presionados por el poco tiempo antes de que comience la proyección de la película, concluímos la entrevista con Laiseca:

-¿Ya está? ¿Podemos dar por finalizada la entrevista?- nos espeta Laiseca, un tanto nervioso.

 De algo podemos estar seguros, en el fondo, bajo ese aspecto un poco huraño y nihilista que profesa Laiseca, está la invitación implícita (como una especie de legado) al involucrarse con el quehacer de la escritura, de la literatura.


Candelaria Herrera

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