Se
acercaba el mediodía y la gente ya estaba en la plaza. Una multitud desplazándose
de una carpa a otra, de un stand a otro. Se chocaban. Se impacientaban para
entrar. Y una vez dentro de la carpa, podías estar tres horas intentando
encontrar ese libro que querés tener en tu casa.
La
gente miraba los libros maravillada, y se sorprendía de los hallazgos que
lograba hacer. Libros para niños, libros para jóvenes, libros para adultos.
Libros de cocina, libros de aviones, libros de músicos, libros de guerras,
libros de historia. Libros viejos y libros nuevos. En fin, libros que estaban
esperando a alguien que los tomara por el lomo, y que al hojear las páginas se
quede deslumbrado con su interior y se lo quiera llevar a casa.
La
gente miraba, preguntaba, compraba. Había tantos libros que uno no podía decidir.
Ya sea para regalar o para quedarse uno, esos libros estaban ahí.
A medida que la tarde transcurría la gente se iba renovando. Niños correteando, haciendo berinches para que la madre les compre un libro con lindos dibujos que habían visto en la carpa anterior. Intelectuales preguntando por libros tan raros que los nombres de sus autores se perdieron en el fondo de mi memoria.
Hubo muchas actividades ese día, a parte de la de fascinarse con los libros en sí. Se presentó el libro "Género, raza y poder", "Intelectuales, escritores e industria cultural en la Argentina(1898-1933)", "Disposición final...", entre varias conferencias.
A las 19.30 comenzó el Espacio de Literatura y Cine, con la grata presencia de Alberto Laiseca. "Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo" fue la película proyectada. Entre nerviosismo y ansias, logramos cruzar unas palabras con ese gran escritor y participar de la conferencia. Realmente sorprendente. De todas formas, eso forma parte de otra anécdota...
Erika Franck

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